No seas exigente… se excelente

 En Desarrollo profesional

Lionel Terral, Socio Director de Blc Coaching & Mentoring

«Soy muy exigente conmigo mismo…», «Este directivo es muy bueno, exige mucho a su equipo», «Es una escuela de primer nivel, muy exigente con los alumnos para que  den lo mejor de sí mismo». Cuántas veces hemos oído esto a lo largo de nuestra vida. Cuantas veces nos lo hemos repetido a nosotros mismos cuando queríamos alcanzar una meta. Consideramos la exigencia como la condición indispensable para alcanzar el éxito. 

Sin ella, parece imposible hacer las cosas bien. Con ella caminamos más seguro, poniendo de nuestro lado las «virtudes» tantas veces repetidas por nuestros padres, nuestros profesores, nuestros jefes y hasta la sociedad en general: esfuerzo, seriedad, sacrificio, fuerza de voluntad. Gracias a ella parece que ahuyentamos la tentación de caer en la facilidad, en lo poco profesional, en lo mediocre. Además, la exigencia parece un antídoto a la pereza, a la diversión, a estos pequeños «demonios» del día a día que suelen apartarnos del camino recto, que nos incitan a descuidarnos. La exigencia nos obliga a ser mejor, a no buscar la satisfacción inmediata, a seguir adelante para alcanzar un resultado perfecto o casi perfecto.

La exigencia es una  vieja conocida del mundo de la empresa y, como coach ejecutivo, me la encuentro muy a menudo en los procesos de coaching individual o de equipo que llevo a cabo. En muchas ocasiones, mis clientes recurren a ella cuando tratan de explicar lo que le está pasando. Suelen decir : «Es que me exijo mucho a mi mismo…» o bien «es que exijo mucho a los demás…» Intentan justificar porque no pueden alcanzar su objetivo. Y aquí empieza la contradicción. Esta exigencia a la vez tan respetada y tan practicada para obtener buenos resultados, de repente aparece como uno de los mayores obstáculos para alcanzar un objetivo. Lo que me iba imponiendo durante tantos años para ser mejor, de repente se convierte en lo que me impide alcanzar lo que quiero. ¿Qué está pasando?. Normalmente cuando llego a este punto, suelo pedir a mi cliente que defina claramente lo que entiende por exigencia . Generalmente, las respuestas suelen ser parecidas y se resumen en lo siguiente: la exigencia es obligarse a hacer las cosas mejor, a mejorarse para llegar a alcanzar la perfección, la excelencia. Y aquí está el problema, se establece una relación de causa a efecto entre exigencia y excelencia, a veces se confunde una con la otra,  cuando estos  dos conceptos son, en realidad, de naturaleza bien diferente. Miremos más de cerca a cada una de ella:

La Exigencia:

  • La exigencia tiene mucho que ver con la idea de buscar la perfección o la casi perfección en todo lo que se hace. 
  • Se inscribe en una lógica de hacer siempre “más”, «ir más allá de»  y no de hacer “bien”. Ser el mejor y no ser bueno, hacer más y no hacer lo suficiente o bien lo correcto.. 
  • Está búsqueda interminable y (casi) imposible de una situación idílica creado por nosotros mismos, provoca emociones negativas de frustración, insatisfacción, sufrimiento porque nunca se llega a alcanzar del todo.
  • Apunta al ser y no al hacer: “no soy lo suficientemente bueno”, “podría ser mejor”. Provoca que el error se viva como un fracaso personal, que atenta a nuestra identidad.
  • Lleva a compararse con el otro y de paso a buscar que los demás vean que somos, o nos esforzamos en ser, mejores que los demás . Muchos exigentes buscan  la satisfacción en el reconocimiento de los demás. Todo esto lleva a una forma de alienación, preso de la visión y del juicio del otro.
  • Pone casi exclusivamente el foco en el resultado, en preocuparse demasiado por este último y no ocuparse de lo que se hace en el presente.  Después de haber fijado un objetivo, la mente del exigente se queda «pegada» en el futuro, con temor a  lo que pueda pasar si no lo alcanza. Así, inmerso en el miedo a equivocarse  o a no hacerlo perfecto, no pone  toda su atención en lo que hace en el momento presente. Si añadimos además, como acabamos de subrayarlo en los puntos anteriores, que su atención también está nublada por lo que puedan pensar los demás, por la posible frustración de no ser lo que quiere ser… el riesgo de fallar aumenta considerablemente….cruel contradicción: cuanto más me focalizo en el resultado… ¡Más aumenta el riesgo de no alcanzarlo!

La Excelencia:

  • La excelencia es el cuidado y la atención para hacer las cosas lo mejor que uno puede en cada momento.
  • Se inscribe en la lógica cualitativa y creativa del aprendizaje donde el error es signo de progreso, de oportunidad de cambio, de mejora.
  • Apunta al “hacer” y no al “ser”. Si hago algo mal, significa que debo cambiar lo que hago y no que “soy” malo. No hay fracaso, sino un resultado «no deseado».
  • Conlleva emociones positivas relacionadas con la ambición de mejorar, las ganas de aprender, la alegría  de  ser creativo. Saca la satisfacción del camino hacia el resultado, no solo del resultado.
  • Se focaliza en cómo alcanzar un resultado, se centra en el presente, en el aquí y en el ahora, no en el temor a no alcanzar el resultado. Por tanto se asegura una probabilidad mucho mayor de hacer bien las cosas «ahora» que es el único momento que existe de verdad,  y así aumenta la probabilidad de alcanzar el éxito.
  • La excelencia es “quiero”, la exigencia es “tengo que”. Como lo explica muy bien Norberto Levy en su libro «La sabiduría de las emociones», el exigente «da órdenes», a sí mismo o bien a los demás, se obliga a ser mejor, se presiona constantemente para hacerlo mejor o perfecto, y muchas veces sin saber muy bien como, dando por supuesto que con la disciplina y la sola fuerza de voluntad, las cosas se consiguen..  Levy explica muy bien que en cierta manera  el exigido sale» knock out» de  tantas ordenes, reclamos, y presiones y no sabe muy bien lo que quiere, como lo quiere, y esto perturba seriamente su funcionamiento. Por el contrario, el excelente, busca comprender y ser comprendido (autoconocimiento y conocimiento de los demás) para saber qué hacer y obtener un mayor nivel de implicación y motivación para alcanzar el objetivo.

Es muy interesante hacer reflexionar a las personas sobre esta distinción fundamental entre Exigencia y Excelencia, y que descubran solos esta magnífica paradoja tan potente y estimulante: «cuanto menos focalizo mi mente en el resultado, más oportunidades tengo de alcanzarlo»… o bien esta otra: «cuanto más me enamoro de mis errores, más progreso». Cuando esto ocurre, empiezan a ver las cosas de forman totalmente distintas y están abierto a poner en práctica los 2 principios clave de la excelencia, a saber: «solo lo que hago en el presente puede llevarme a lo que quiero en el futuro»«equivocarse es la condición indispensable para poder aprender y progresar»… De verdad os lo digo: no seais exigentes… ¡¡Sed excelentes!!

 

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